Los últimos de Mariúpol cuentan el asedio ruso entre el hambre, el terror y la penumbra

11/05/2022 15:00:00

Los últimos de Mariúpol cuentan el asedio ruso entre el hambre, el terror y la penumbra Escribe @_EmmaGH

Los últimos de Mariúpol cuentan el asedio ruso entre el hambre, el terror y la penumbra Escribe _EmmaGH

Los civiles evacuados de la acería de Azovstal cuentan cómo sobrevivieron a base de sopa, una pequeña radio, un Monopoly y aventuras hasta para ir al baño

10 de mayo de 2022 22:56h 05:30h 24 Spike, el agitado perro salchicha, recibía algo en cada comida aunque el hambre consumiese a los humanos atrapados en el búnker bajo la acería Azovstal.asegura que hay en Mariúpol , una ciudad en la que Rusia parece ensañarse, sobre todo en las últimas semanas de la guerra de Ucrania imágenes más duras de los últimos soldados que resisten en la acería de la ciudad.El Ejército ruso ha reanudado el asalto a la planta Azostal, en Mariúpol, después de que un convoy de la ONU abandonara la región de Donetsk, según fuentes ucranianas.Publicado: 11.

Al final, había tan poca comida y agua que los adultos apenas comían un poco y una vez al día.Colocaban dos tazas de macarrones en 10 litros de agua y esa “sopa” tenía que alimentar a 30 personas.La ONU teme que haya miles de civiles muertos en Mariúpol pero advierten de que solo lo podrá verificar cuando haga una misión de reconocimiento con observadores internacionales , que puedan acceder a la ciudad sitiada desde hace semanas.Los niños comían dos veces.Sin éxito", asegura Petro Andryushchenko, asesor del alcalde de Mariúpol.Aun así, todos compartían la comida con su mascota.Los bombardeos son constantes.“Alguien le daba una cucharada de gachas y todos en la familia le daban tres o cuatro cucharadas cuando comían."Ese maletín se abre y se extiende para cubrir al VIP" , precisa el experto.

Por suerte, es pequeño”, dice Olena Chekhonatski.Allí resisten los últimos de Mariúpol, unos 1."Ni siquiera sabemos exactamente cuántos cuerpos de soldados no hemos podido sacar de entre los escombros".Al comienzo de la guerra, ella se refugió bajo tierra para escapar de los bombardeos junto a su marido Yegor y sus dos hijos: Artem, de 12 años, y Dmitry, de 17.Esperaban quedarse unas dos semanas, pero no salieron hasta dos meses después.Muchos están gravemente heridos , otros mutilados sin piernas o brazos o con la cara desfigurada por la metralla de Rusia.“Nunca me habían gustado los perros antes de que llegara Spike”, dice mirando con tristeza al perro por el que pasó hambre para mantenerlo con vida, mientras él brinca por la orilla arenosa del río Dniéper en el que es el primer día de libertad para la familia desde finales de febrero.Algunos aseguran sentir alivio por ser evacuados: "Creíamos que nos dejarían allí" , comenta.La familia forma parte del último grupo de civiles evacuados oficialmente de Azovstal, que llegó a un territorio bajo control ucraniano la noche antes de que Putin, en un desfile militar en Moscú, declarara su guerra como una misión “sagrada” para liberar a personas como su familia.La situación se degrada cada día” en la acería de Mariúpol, último reducto de resistencia de Ucrania frente a Rusia, ha asegurado la vice primera ministra ucraniana, Iryna Vereshchuk..

“¿Qué liberación? ¿Cuál fue la razón de todo eso?”, se pregunta Olena.“Nuestro primer sentimiento es de incredulidad por haber logrado salir.Una de las posibilidades es la evacuación por mar.Los combates siguen en el este y el sur.Los últimos días estábamos perdiendo la esperanza.El bombardeo era tan intenso que salir parecía imposible”, añade Yegor.Ucrania quiere seguridad “ por escrito” de Rusia de que no va a atacar al convoy humanitario , señala Vereshchuk.Mientras la familia creía que estaría en el búnker tan solo dos semanas, otros con los que se refugiaron se habían preparado para pasar solo dos días.

Más de dos meses después, seguían en el búnker, con las provisiones de comida y agua disminuyendo mientras Se les había privado de casi todo, excepto de dormir.Mariúpol es un importante centro industrial y un puerto internacional.“Duerme más, come menos.Porque cuando duermes, no necesitas comer”, dice Yegor.MÁS.“El plan ahora es seguir viviendo.El resto vendrá después”.

Un Monopoly y una radio Cuando llegaron, había electricidad, pero su mundo se encogió rápidamente en aquel sótano mohoso, cuyo olor húmedo se filtraba en su ropa y su piel.La electricidad se cortó al cabo de un día y no había Internet.Solo una radio pequeña que podía captar algunas transmisiones de frecuencia baja.Utilizaban baterías de coche para alimentar las luces LED y, en la penumbra, intentaban hacer pasar las horas con juegos.Habían traído ajedrez, backgammon y cartas, y alguien hizo un juego de Monopoly de Mariúpol, con las plantas industriales y los centros comerciales de la ciudad sustituyendo las calles de Londres.

Hoy pueden reírse de algunas cosas.Buscaban comida en los restos de un almacén que había sido bombardeado por los rusos y un día Yegor fue con dos hombres mayores que insistieron en unirse a pesar de su escasa fuerza y sus problemas de visión.Uno de ellos volvió con granos de café, que había confundido con algún tipo de pasta seca pequeña, y una bolsa gigante de hojas de laurel.Ninguna de esas dos cosas ayudó a calmar el hambre, pero decidieron aplastar el café con un martillo.“Debo decir que fue una gran taza de café”, dice Yegor.

Cada día suponía un enfrentamiento con la muerte.Incluso un viaje al baño significaba arriesgar la vida, porque las letrinas estaban en la planta baja.Para los niños y las personas mayores y discapacitadas, había cubos en el refugio, que los adultos vaciaban por turnos.“Nadie salió de allí siendo el mismo”, dice Oksana, una empleada de Azovstal que pide no dar su nombre completo por razones de seguridad.“Eran unas personas cuando entraron y otras cuando salieron”.

Dibujos en negro Dice que, durante los primeros días, los niños estaban traumatizados.Los adolescentes se pasaban horas mirando las paredes, mientras que los más pequeños rehuían el contacto.Cuando ella les animaba a dibujar, evitaban los bolígrafos de colores y hacían sus dibujos utilizando solo el negro.Con el tiempo se adaptaron un poco a su nueva y aterradora existencia.“Nos dejaban abrazarlos, sobre todo durante los bombardeos.

Hicieron amigos y los mayores enseñaron a los pequeños.Había un niño de cuatro años que apenas sabía leer el alfabeto cuando llegó, pero al final era capaz de hacer cuentas y leer y escribir bien”.La propia Oksana ha emergido con tres talismanes de su descenso al horror: la cucharilla que su marido usaba en el comedor de su trabajo, los dibujos de los niños a los que guio durante este tiempo y una funda de pasaporte con relucientes abalorios que ella misma añadió.Es la única pieza que le queda de un pasatiempo favorito.“No tengo nada más de casa”.

Un grupo de civiles evacuados de la planta acerera de Azovstal, en Mariupol, el pasado 7 de mayo.Alessandro Guerra / EFE Habían intentado salir a principios de marzo, cuando se anunció el “corredor verde”, pero los combates les hicieron volver al refugio subterráneo.Habían visto salir a decenas de personas antes que ellos, incluidos los residentes de un búnker vecino que se había quedado sin comida semanas antes de que a ellos les sucediera lo mismo, pero cada viaje era arriesgado.“Cuando los niños salían, hacíamos etiquetas en sus ropas con sus nombres, tipos de sangre y fecha de nacimiento.Así, al menos, si los mataban, iba a ser más fácil identificar los cuerpos”, dice Oksana.

Uno de los grupos decidió recorrer a pie los 100 kilómetros hasta Berdyansk, pese a tener que atravesar campos de batalla, campos de minas y ruinas, porque le resultaba menos aterrador que quedarse en la planta.“No sabemos si lo lograron”.Entonces se enteraron por radio de los últimos intentos de establecer y decidieron ver si podían encontrar una salida.Los soldados les encontraron esperando fuera y les dijeron que tenían 15 minutos para prepararse.Más civiles atrapados Les preocupa que haya otros civiles desesperados atrapados bajo la planta de acero.

Puede que no tengan radios para enterarse de la evacuación, o bien que no les hayan encontrado los soldados.En un campo de “ filtración ” ruso, donde las autoridades registran a los evacuados, la familia Chekhonatski conoció a un adolescente que había pasado toda la guerra escondido en un sótano a unos pocos metros del suyo junto a otros dos hombres.Los Chekhonatski no sabían que estaban allí.También se preocupan por las tropas que los sacaron del complejo en ruinas.“Ni siquiera los héroes.

..No sé cómo describirlo.No hay palabras para expresar toda nuestra gratitud por lo que han hecho por nosotros”, dice Yegor.“Le pido a Dios que ocurra algún milagro y que salgan de allí con vida”.

Cuando por fin pudo cargar su teléfono y encenderlo después de dos meses, Oksana se sintió abrumada al encontrar una avalancha de mensajes de familiares, parientes y amigos de toda Ucrania y del resto del mundo.Muchos eran beneficiarios de una organización caritativa en la que trabajaba y que proporcionaba alimentos y ayuda a familias con niños pequeños.“Nunca imaginé que sería yo la que necesitaría ayuda”.Artem Mazhulin colaboró con este artículo.Traducción de Julián Cnochaert.

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