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Coronavirus en Wuhan: El dilema de Dácil

El dilema de la española Dacil: 'No sé que hacer. No me quiero ir sin mi marido'

28.1.2020

El dilema de la española Dacil: 'No sé que hacer. No me quiero ir sin mi marido'

La contaminación ya tapa completamente el sol. La gente que se había animado hoy a dar una vuelta aprovechando el buen día, vuelve a sus refugios. Las temperaturas bajan. Wuhan vuelve a convertirse en una ciudad gris y silenciosa.¿Quieres más historias? Suscríbete a nuestro canal ? https:\/\/goo.gl\/L2MPk1 Visita ElMundo: https:\/\/www.elmundo.esTodos nuestros vídeos: https:\/\/goo.gl\/r9Vzu8Síguenos en las redes sociales:En Facebook: https:\/\/www.facebook.com\/elmundo\/ En Twitter: https:\/\/twitter.com\/elmundoesEn Instagram: https:\/\/www.instagram.com\/elmundo_es

Ahora he podido confirmar que somos 17 españoles (15 residentes en Wuhan de los 22 que tenía registrado el Consulado, más dos periodistas que estamos cubriendo la crisis del virus) los que nos hemos apuntado a esa lista. Aunque hay otras siete personas más con la nacionalidad española que han expresado su deseo de salir. Pero ellos tienen un problema. Son matrimonios mixtos. Es decir, a ojos de las autoridades del gigante asiático, sus parejas e hijos son ciudadanos chinos. Nunca les dejarían partir . REPORTAJE GRÁFICO: LUCAS DE LA CAL Mañana, los norteamericanos que están por aquí se largarán. Su gobierno ha sido el más rápido y fletará un avión hasta Los Ángeles que hará escala en Alaska. Los japoneses y los de Corea del Sur también han dicho que van a repatriar a los suyos. Y si miramos al viejo continente, el gobierno francés está cerrando con las autoridades chinas el operativo de evacuación de sus nacionales. Esta última es la vía que se había abierto inicialmente para el Ministerio de Exteriores español, que estuvo en conversaciones con París para poder incluir a los 17 españoles en su avión que saldría de la ciudad bloqueada hasta la provincia china de Shanxi, que no está cerrada ni en alerta máxima por el coronavirus. Hay 500 ciudadanos franceses que residen en Wuhan debido a la alta actividad empresarial que tienen compañías del país galo en esta zona. Pero el problema que ve el Gobierno español, es que el destino fuera otra ciudad de China. Porque a todos los que salgamos de aquí, previo exhaustivo análisis clínico para descartar que estemos contagiados, habrá que dejarnos alrededor de dos semanas en cuarentena. Entonces la otra posibilidad que se abrió desde Madrid fue la repatriación de los 17 españoles. Bueno, hay algún español más que anda despistado por alguna de las 17 ciudades en cuarentena de la provincia de Hubei en la que estamos, pero que aún no ha dado noticias. La idea de la repatriación lo ha confirmado esta mañana la ministra de Exteriores . Además, una fuente de Exteriores me habla de algunos españoles que estarían en observación en China. Habrían sido detectados en varios aeropuertos con los síntomas catarrales que coinciden con los del coronavirus : fiebre, tos y problemas respiratorios. Todos ellos -aún no he podido confirmar el número ni dónde se encuentran exactamente- han sido trasladados a centros médicos para ser examinados y determinar si están contagiados. Ninguno de había estado en Wuhan... LUNES 13.30 ( 6.30 EN ESPAÑA) Hoy toca comer fruta. Dos manzanas y una pera. El precio ha subido : 20 yuanes (2,61 euros). Me encuentro más tiendas abiertas que el resto de días. Incluso algún puesto callejero donde hacen sopas chinas. Hoy hay más gente por las calles. Pero sobre todo, están los de siempre: los desinfectadores de las aceras y algunos policías que patrullan en su motocarro con capucha. También me cruzo con vecinos que han salido en busca de un supermercado abierto. Otros sólo están dando un paseo, andando o en bicicleta. Incluso hay uno que le ha dado por hacer running por una de las carreteras que cruza el centro de la ciudad. Sabe que puede ir tranquilo porque el tráfico está restringido y apenas se va a encontrar algún taxi o ambulancia . Cada vez es más difícil hablar con la gente. La barrera del idioma siempre ha sido un muro complicado de escalar durante toda la semana. Por suerte, he podido contar con algún traductor o cruzarme en el momento más oportuno con alguna persona que hablara inglés. Hoy, después de unos cuantos intentos bajo la lluvia, me doy por vencido. Escribo por Telegram a la chica que tiene de perfil un dibujo manga. Ya he hablado otras veces con ella. Lleva encerrada en su casa desde que la ciudad entró en cuarentena."Estamos cada vez más angustiados porque no sabemos realmente qué es lo que está ocurriendo fuera . Y los días cada vez se hacen más largos aquí metidos", me cuenta. Otro chico que conocí hace unos días, Wei, que vive cerca del hotel donde me alojo, me dice que esta mañana por fin ha salido de su casa, únicamente para acompañar a su madre a comprar arroz en una tienda que una vecina le ha dicho que había abierto. -¿Podemos vernos? Quiero entrevistar a varios vecinos de todas las edades para ver cómo están viviendo esto y necesito traducción. Y pago bien, por supuesto. - No, lo siento. Piensa que eres periodista. Has estado recorriendo los hospitales y mucho tiempo en la calle. Te has expuesto. Además, la gente se ha quedado en casa y sólo salen para cosas muy concretas. No entienden lo que está pasando muy bien. Si te acercas a preguntar, y además ven que eres extranjero, sabrán que seguramente eres periodista y ya no es que no te quieran hablar aunque sepan inglés, es que van a huir de ti. LUNES, 14.00 ( 7.00 EN ESPAÑA) Estoy viendo vídeos de otras zonas que también están en cuarentena fuera de Wuhan, pero en la misma provincia. Porque el foco lo estamos centrando siempre aquí, que es la zona cero del virus. Pero hay otros lugares cercanos que, sin duda alguna, tienen un súper reportaje si se pudiera ir hasta allí. En algunos pueblos los vecinos han montado cuadrillas rurales para vigilar las entradas. Van armados con cualquier cosa que se tercie: una escoba, palos... Pretenden no dejar entrar ni salir a nadie para que no se propague el virus . Sin duda, han tomado buena conciencia de ello. Me gusta la portada de The Guardian con los médicos militares desfilando por las calles de Wuhan. Ayer llegaron 450. Y ya han luchado contra otras enfermedades víricas como el ébola y el SARS. La realidad es que su llegada ha sido un alivio para el colapsado sistema sanitario de esta ciudad. Los médicos estaban desbordados y escasos de trajes protectores y mascarillas. También les han llegado las provisiones de material. Recibo un mensaje con una foto del primer ministro chino, , en un hospital de Wuhan. Ha llegado hace un rato porque va a ser la persona del Partido Comunista que lleve personalmente la crisis del coronavirus. Sin duda, China cada vez está intensificando más sus esfuerzos en contener lo que ya muchos califican como pandemia . Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) se resiste a llamarlo así. El director de este organismo, Tedros Adhanom Ghebreyesus, está de camino a Pekín para reunirse con las autoridades y expertos, y determinar si finalmente declaran una emergencia internacional. Veremos que ocurre. Porque el presidente de China, Xi Jinping , tiene bastante claro como llamarlo:"Estamos seguros de que podemos ganar la batalla para combatir esta epidemia mediante la prevención y el control". Muchos vecinos de Wuhan ven un poco tarde la reacción de sus líderes. Aunque toda la culpa se la está llevando el alcalde de esta ciudad de 11 millones de habitantes. Zhou Xianwang (57 años), se ha convertido en la diana de las críticas por su gestión de esta situación extrema. Le acusan de haber respondido tarde y de haber minimizado la propagación cuando se detectó el primer caso de contagio el pasado 12 de diciembre. Las autoridades locales no informaron del brote hasta el 31 de diciembre. Además, Xianwang permitió el 19 de enero que se celebrara una gran cena por el Año Nuevo Lunar a la que asistieron 40.000 familias cuando ya había 62 casos detectados . Desde Pekín tampoco le tienen ahora mucha estima. No tiene pinta de que vaya a perdurar en el cargo. Y, algunas veces en China, cuando algún líder comete un grave error de gestión, no se va precisamente al paro, sino a la cárcel. LUNES, 11.00 (5.00 EN ESPAÑA) El Wuhan Central Hospital está bastante más tranquilo que ayer. Incluso, en la misma sala abarrotada donde era una suerte si al intentar grabar un vídeo no me chocaba con nadie, hoy hay muchos asientos libres. Viendo esto, cualquiera diría que el tema se está controlando un poco . Pero no es así. Los datos dicen otra cosa: ya hay más de 2.800 infectados y 80 muertos . Y esta rara neumonía ya se ha extendido por una docena de países: Estados Unidos, Canadá, Francia, Australia, Corea del Sur, Japón, Tailandia, Malasia, Singapur, Nepal, Taiwan y Vietnam. Además, el alcalde de Wuhan dijo ayer que se espera que en los próximos días el número de infectados aumente en un millar más tan sólo su ciudad. Una señora muy maja, que me ve haciendo fotos, avisa a una de las doctoras del hospital. Y ésta, a su vez, se lo dice al guardia de seguridad que, a su vez, se lo dice a otro guardia de seguridad que, a su vez, se lo dice a un policía que está por allí... Bueno, que al final me echan. No sin antes tomarme la temperatura por si acaso: 36,7º . LUNES, 9.30 (3.30 EN ESPAÑA) Las toallas y la chaqueta siguen colgadas en el mismo tendero de siempre. En toda la semana que llevo pasando a diario por la misma calle, nadie ha ido a recogerlas, pese a que ha llovido todos los días. Desde la nueva habitación de hotel a la que me cambiaron ayer, también las veo. Pregunto a la nueva recepcionista qué es lo que pasa con eso, por qué nadie recoge las toallas, que me imagino que se alguien las tendería en su día después de lavarlas para que se secaran. "Son de una mujer que seguramente se haya contagiado y esté en el hospital" , opina la recepcionista. Al salir de nuevo, me encuentro a un caniche abrigado con suéter azul. Su dueño está detrás. Es el primer perro que veo. ¿Habrá despertado del letargo del miedo la ciudad? ¿El virus se habrá controlado? Pues no. LUNES, 8.00 (1.00 EN ESPAÑA) No hay nadie en la recepción del hotel. Está todo oscuro. Bajaba a pagar una noche más. Voy abonando el hospedaje día a día, por si en algún momento hay alguna posibilidad controlada de salir de aquí. También he bajado para ver si había algo de desayuno. Nada de nada. Bueno, al menos no vuelvo a la habitación con las manos vacías. He pillado de un cuarto que me he encontrado trasteando por la cocina varios rollos de papel higiénico, tres botellas de agua, bolsas de basura -porque ahora no hay servicio de limpieza-, vasos de plástico y un puñado de sobres de té negro. Justo antes de subir, me encuentro a una chica que no había visto antes por aquí. Pienso que, al fin, ya no estoy solo alojado en el hotel, que hay alguien más. Y como encima hable inglés, incluso podemos ser amigos. Error. Es una nueva recepcionista. Ella no sabe muy bien cómo actuar al verme cargado con todas las cosas que había robado. Se ríe. Pero no hace amagos en ayudarme a llevarlo a la habitación. Aprovechando que está y le pido que me tome la temperatura con el termómetro digital que tienen: 36,7º. Le imploro nuevas mascarillas. LUNES, 1.30 (18.30 DEL DOMINGO EN ESPAÑA) Hablando por Whatsapp con amigos españoles, me dicen que los medios estamos exagerando un poco. Que sólo han muerto 56 personas en un país de 1.400 millones de habitantes. Que cualquier gripe gorda se lleva por delante en un país en invierno a muchas más personas. Algo de razón tienen. Pero lo que no ha pasado nunca es que haya 56 millones de personas en cuarentena. Sea exagerado o no, China ha actuado así para prevenir una pandemia global, independientemente de su grado de mortalidad. LUNES, 00.00 (17.00 DEL DOMINGO EN ESPAÑA) Estoy leyendo que una de las prioridades que tienen ahora las autoridades chinas para el contagio del coronavirus de Wuhan va a ser localizar a los residentes que se hayan marchado en los últimos 15 días de la ciudad. Un poco tarde esta reacción, pienso. Porque, concretamente, el alcalde de Wuhan ha dicho que de la ciudad se han ido estas últimas semanas cinco millones de personas para celebrar las fiestas del Año Nuevo fuera de la que hoy es una ciudad en cuarentena. Hablo con mis compañeros de piso de Pekín, Jaime y Álex, ambos cámaras de televisión: el primero trabaja para RTVE y EFE y el segundo para TV3, que están hasta arriba de trabajo también estos días . En la capital china algunos han entrado un poco en pánico: se ha cerrado la Ciudad Prohibida, parte de la Gran Muralla, todos los eventos del Año Nuevo Lunar, encerrado a los estudiantes en el campus universitario, suspendido la vuelta de las clases... Mis compañeros de piso me dicen que al llegar a casa se han encontrado ahora una circular debajo de la puerta. Es del Gobierno chino . Dice que si se enteran de algún vecino que haya estado hace poco en Wuhan, que lo comuniquen inmediatamente. Aunque en China tampoco nunca ha hecho mucha falta mandar cartas para que las personas se delaten unas a otras si se saltan las normas o los códigos de conductas establecidos. DOMINGO, 16.00 ( 9.00 EN ESPAÑA) El letrero indica a los conductores que las calles están cerradas. Prohibido circular. Salvo que sea un transporte de emergencia. Una fila con vallas y bolardos de plástico apiñados impiden la entrada al túnel que te saca del centro de la ciudad. Un policía con mascarilla y gorra, sentado dentro una cabina, me hace gestos con la mano para que me vaya y deje de hacer fotos. En la acera de enfrente, una señora lleva un rato parada ensimismada mirando su móvil. De pronto, la mujer empieza a llorar. Un poco más adelante, un camión está desinfectando la calle. Un operario sujeta una enorme manguera desde la parte trasera del vehículo y rocía todo lo que encuentra por el camino. Una columna de humo nubla una visibilidad ya dañada por la excesiva contaminación. La situación hoy está bastante más tensa en Wuhan. Hay mucha incertidumbre de lo que va a pasar, de lo que está pasando y de cuánto tiempo vamos a seguir atrapados aquí. Corre el rumor por las redes sociales chinas de que hay gente que está intentando huir de esta ciudad bloqueada como sea y pagando lo que fuera necesario para escapar. Eso sería muy peligroso e irresponsable. Las cifras de infección ya van por más de 2.000 casos . Repaso el artículo de la revista médica The Lancet en el que explica que el coronavirus puede ocultar sus síntomas y propagarse mucho más rápido. . Minutos después los portavoces de la Comisión Nacional de Salud dicen que, además de que a muchos contagiados los síntomas no se les presenten, desde que uno se infecta puede pasar un periodo de incubación de 10 días hasta que empiece la fiebre o la tos. Un tiempo en el que, aún así, puede transmitir el virus a otras personas. Había días en los que me preguntaba si quizás en alguna de mis crónicas podría alarmar al lector más de la cuenta. He contado la realidad que yo percibía y la que me contaban desde dentro del epicentro del virus, pero también podría estar equivocado, confuso, obnubilado por las circunstancias, por mi propio miedo. Es cierto que la sensación de pánico vecinal que se podía pensar a miles de kilómetros, en las calles de Wuhan no se percibía ni veía. También porque por verse, no se ve casi nada porque las calles están vacías. Pero ese espacio de temor se ha refugiado en los hospitales. Muchos aquí miran estos días a un fantasma del pasado, al SARS , aquel virus similar que también salió de China en 2003, se propagó por 37 países asiáticos dejando 774 muertos y más de 8.000 infectados. Pero las comparaciones siempre son odiosas y la mayoría de expertos que se han pronunciado coinciden en que lo que tenemos aquí en Wuhan es menos grave. Esperemos que tengan razón. Mientras cierro estas líneas veo un poco más de gente por la calle que otros días. Pero tienen otra mirada. Y andan mucho más rápido hacia donde sea que vayan. Aunque estas sólo son impresiones mías. DOMINGO, 14.00 (7.00 EN ESPAÑA) En la puerta del Wuhan Central Hospital acaba de llegar una furgoneta repleta de provisiones: mascarillas, desinfectantes, gafas protectoras, trajes quirúrgicos... Los centros médicos habían hecho un llamamiento estos días implorando donaciones porque estaban bajo mínimos. Ya, por fin, han atendido sus súplicas. A igual que en cuanto a la falta de personal, porque ya han llegado más de 1.200 médicos de refuerzo. Y aún queda por finalizar la construcción de los dos nuevos hospitales... Nada más entrar en el centro, dos doctoras, enfundadas en sus trajes de protección, me toman la temperatura con su termómetro digital. Doy 36,2º . Paseando por el hospital, el quinto que visito esta semana, me llama la atención que por la parte de atrás de muchos de los trajes, los sanitarios tienen escritos una serie de letras en rotulador. Son sus nombres para poder identificarlos. También, alguno, lleva mensajes más especiales y motivadores escritos. Tipo:"Eres el mejor". Saco el móvil y empiezo a hacer fotos. Hay grandes colas de gente que quiere hacerse los análisis para ver si están contagiados. En las salas hay decenas de nuevos infectados con sus vías y respiradores. Y, más adentro, más habitaciones con los pacientes más veteranos postrados en camas. A muchos los mueven de un sitio a otro constantemente. En una de las salidas que dan al recinto hospitalario, veo varias de bolsas de basura abiertas con restos de mascarillas usadas, papel y utensilios sanitarios. Eso no debería estar allí. DOMINGO, 12.00 (5.00 EN ESPAÑA) De camino para visitar el hospital, hablo con mi compañero Jaime Santirso , de El País , un valiente y gran periodista que anda también por estos lares y que se está escribiendo unas crónicas impecables sobre el terreno. Ambos estamos algo mosqueados porque no sabemos cuándo vamos a poder salir de aquí. Y la noticia de que se van los ciudadanos norteamericanos el martes, nos desconcierta. Compartimos las informaciones que tenemos al respecto. Y después, aunque la situación no está para eso, bromeamos un poco. ¿Nos llevarán a otra provincia y nos meterán en un hotel de lujo con barra libre para mantenernos en cuarentena? ¿Pedro Sánchez vendrá con su Falcon y sus gafas a rescatarnos? Esto último molaría bastante. El tema es que los chinos no se fían de que los extranjeros que estamos por aquí no estemos infectados, aunque sus termómetros digan que no tenemos fiebre. Y si nos llevan a una de sus ciudades que no están bloqueadas fuera de esta provincia, previo muchas analíticas, se van a tener que hacer cargo de nosotros y ya bastante trabajo tienen. El otro asunto sería que, como va a ocurrir con los norteamericanos, el Gobierno español mande un avión a por nosotros, nos lleve hasta España y nos ponga allí en cuarentena . No sé eso cómo lo vería la gente, los alarmistas que dicen que sin nos traen de vuelta podemos contagiar a los españoles. Y si aquí los chinos han puesto a 56 millones de personas en cuarentena, en nuestra madre patria somos menos. Además, por un lado al Gobierno se le puede echar mucha gente encima y sería otra polémica con la que lidiar. Recuerden el caso que tuvimos hace unos años con el ébola y el misionero contagiado al que llevaron a Madrid, que falleció, pero que antes infectó a una enfermera. Aunque, por otro lado, Pedro Sánchez and company tienen ahora el lío de Ábalos y Venezuela , y algo así les vendría bien para distraer el foco. Por ahora, en voz baja, sólo sé que desde la Unión Europea están hablando con Pekín para ver cómo gestionan el caso de los europeos que estamos en las 17 ciudades de la provincia de Hubei que están en cuarentena. Pero esto, por desgracia, va para largo. Lo siento, mamá . DOMINGO, 11.30 (4.30 EN ESPAÑA) Al fin he encontrado una tienda abierta en la que venden comida. Por llamarlo de alguna forma. Me he tenido que dar un buen paseo y meterme por un callejón en el que he visto unas pocas personas que salían de allí con bolsas. Eran de fruta . La verdad, eso no me atrevo a comprar. Pero por suerte hay otro comercio que tiene otras cosas: patatas, galletas y bebidas. Hasta tiene una estantería únicamente de baijiu, el licor más poderoso -y potente- de China. En todo el país hay 400.000 destilería que lo hacen. Te quema el pecho. Pero te pone como una moto -en el sentido de la ebriedad- en un instante. Mis compañeros de piso de Pekín y yo lo conocemos bien. Es nuestro mejor amigo de fiesta. Pero no, esta vez escojo una coca cola para beber. Y lleno una bolsa entera de patatas, galletas con pepitas de chocolate y más guarrerías que voy encontrando. Mi padre me dijo ayer que en esta situación iba a perder muchos kilos. Comiendo esto todos los días, no lo creo. DOMINGO, 10.00 (3.00 EN ESPAÑA) Hablo con Oliver Cuadrado , entrenador de porteros (de fútbol) de Madrid que también está atrapado en Wuhan. Él vive en una urbanización un poco alejada del centro de la ciudad. Allí también residen otros ocho españoles. Todos son académicos y formadores de la cantera del equipo de fútbol de Wuhan, que en antes del virus estaba de pretemporada. "Al principio estábamos muy tranquilos, pero ahora ya es preocupación lo que tenemos", cuenta Oliver, que me manda unas fotos en las que salen él y sus compañeros españoles celebrando ayer en su casa el Año Nuevo chino."Viendo el partido del Espanyol y del Barça. Menos mal que estamos todos aquí y las tardes las pasamos juntos, charlando y atendiendo a los medios que nos llaman. Al menos estamos ocupados porque si no esto se haría insoportable", relata. DOMINGO, 9.00 ( 2.00 EN ESPAÑA) Pido al recepcionista del hotel que me cambie de habitación. Llevo todos los días en una cueva oscura metida y con tanto trabajo ni siquiera me había dado cuenta . Obviamente, no hay ningún problema. Todas las habitaciones están libres. Hoy sigo estando yo solo en el hotel. Pido una habitación con vistas a la calle. Al ir al comedor no encuentro nada sólido para desayunar, pero si hay café. Mientras me siento a tomarlo, repaso lo que se está hablando sobre la crisis del virus en Weibo, la red social similar al Twitter que usan en China. Hay muchos homenajes a Liang Wudong , el médico de 61 años que ha fallecido por el virus después de contagiarse al tratar a los pacientes."Un héroe", lo definen. También leo que el Centro Chino para el Control y la Prevención de Enfermedades comenzará hoy a desarrollar las vacunas. Respondo a algunos amigos y familiares que me han escrito estos días preocupados:"Estoy bien, esto no es para tanto, está todo controlado, todos los periodistas somos muy exagerados...". Hay que quitar hierro al asunto. Antes de salir a la calle, el recepcionista me toma la temperatura: 36,4º. DOMINGO, 1.30 (19.30 DEL SÁBADO EN ESPAÑA) Estoy leyendo que Estados Unidos y Francia están ultimando la evacuación de los ciudadanos de ambos países y de sus familiares de Wuhan. A los norteamericanos se largarán el martes. Un vuelo hasta San Francisco sacará a los diplomáticos. También a un número"limitado" de ciudadanos. Eso ha dicho el Departamento de Estado de aquel país. Siempre son los más rápidos. Y eso que Trump y los chinos no se llevan precisamente bien. Bueno, rectifico, ahora que han firmado el acuerdo de la primera fase para, poco a poco, poner fin a una guerra comercial en la que todo el mundo ha salido perdiendo, Pekín y Washington ya son un poco colegas y se lanzan palabras bonitas. Una suerte para los estadounidenses poder salir. Me consta que desde el Ministerio de Exteriores de España han estudiado también la posibilidad de sacarnos. No sin antes pasar un exhaustivo examen médico y después, en caso de que pudiéramos salir finalmente, estaríamos un tiempo en cuarentena. Los pocos periodistas y fotógrafos extranjeros que estamos atrapados en esta ciudad tenemos la oportunidad de contar de primera mano lo que está pasando en el epicentro de un virus que asusta al mundo entero. Pero lo cierto es que, tras las últimas noticias, ahora yo creo que todos, o al menos casi todos, queremos salir . SÁBADO, 21.30 (16.30 EN ESPAÑA) En mi búsqueda de algo sustancioso y salado que llevarme a al boca, después de presenciar una disputa entre dos hombres por una tarta en un supermercado desabastecido, encuentro una pequeña tienda escondida al fondo de un callejón, a pocos metros de la iglesia de Hankou. Si, un templo cristiano en medio de un virus letal . Y encima tocan las campanas varias veces al día. Algo de ruido hogareño no viene mal para romper de vez en cuando la monotonía del silencio en Wuhan. Aunque, de pronto, me acuerdo de un comentario en Twitter que había puesto mi compañera Laura Garófano:"Durante las epidemias de viruela se avivaban los contagios por acudir a misas. El clero las convocaba, extraordinarias, para rezar por que parase la propagación ". En la tienda únicamente hay dos opciones para alimentarse para una persona que está viviendo estos días en una habitación de hotel: una caja de galletas Oreo o bolsas de patatas chinas, bien precintadas y sin ningún dibujo que especifique lo que es exactamente. Ante la duda, escojo lo primero. La dependienta está mirando el televisor. En uno de los canales de la cadena pública, la CGTN, están poniendo imágenes de los hospitales de Wuhan y de la gente haciendo cola para que les hagan análisis y les digan si están contagiados. Fuera está lloviendo con fuerza. Ni siquiera el clima ha dado un respiro en toda la semana a esta triste ciudad . Sábado, 16.00 (9.00 en España) Año Nuevo chino. El año de la rata. El año de la prosperidad, apunta el horóscopo. Aunque haya empezado con mal pie, bueno, con mal virus. Wuhan está constipado. Lo sabe bien la chica del distrito de Xinzhou . Un amigo en común nos ha puesto en contacto. Ella lleva ya tres días encerrada en casa. No quiere dar su nombre, pero sí su Telegram. En su perfil tiene una foto de un dibujo manga. Mi nefasto chino ella lo suple con su perfecto inglés. Quiere contar cómo su familia está viviendo estos días en una ciudad en cuarentena. Y en fiestas."Otros años, en el primer día de Año Nuevo, siempre hacíamos fuegos y los niños estaban en la calle jugando con sus amigos. Hoy tendríamos que estar recibiendo visitas de amigos, visitando las casas de nuestros familiares y comiendo en casa de los ancianos. Pero hoy nadie llama a nuestra puerta para darnos su bendición. Tampoco nos atrevemos a salir nosotros ", explica la chica. "Afortunadamente en nuestro edificio no conocemos ningún caso de contagio . Pero en el de al lado, toda la comunidad está infectada. Por eso de aquí no nos vamos a mover. Tenemos dos neveras llenas con comida para aguantar estos días". -¿Hay miedo? -Un poco. O, al menos, un sentimiento de prudencia. Nos quedamos todo el día en casa y seguimos las noticias. Pero no sabemos cuál es la verdad y cuál no . Pocos conocen lo que pasar realmente allí fuera. El gobierno dice que que la situación está bien, que está controlada. Pero vemos los vídeos de Twitter y WeChat vemos que hay muchísima gente infectada por todos lados. No sabemos hasta cuando durará esta situación. Es hora de volver un rato al hotel. De camino, únicamente encuentro una tienda abierta en la que sólo les queda una especie de maíz empanado y refrescos . Entra más o menos en la normalidad que este día festivo esté casi todo cerrado. Aunque este sábado parece de todo menos precisamente eso: una fiesta. Sábado, 14.30 ( 6.30 en España) La niebla -que en realidad es contaminación- baña el paseo por la orilla arenosa del río Yangtze , que divide Wuhan en dos partes. Miro el móvil para actualizarme con los nuevos datos: 1.330 casos diagnosticados con el coronavirus en toda China, 41 muertos y 38 curados . Además, leo que se han descubierto nuevos contagios en Francia, Australia, Malasia y otro más en Estados Unidos . También leo que entre las nuevas víctimas mortales se encuentra uno de los médicos que ha estado atendiendo a los pacientes. Y veo un vídeo de un grupo de sanitarios vestidos con los trajes anti infecciones felicitando el Año Nuevo y las primeras imágenes microscópicas electrónicas que han salido del coronavirus . Me hago unas fotos y algún vídeo con el agua y los grandes edificios de fondo. No se escucha nada más que el sonido de las olas golpear la orilla. A pocos metros de allí, hay un museo al aire libre con estatuas chinas que recrean varios momentos de la historia. He hecho nuevos amigos . Y, por supuesto, me hago selfies con ellos. Antes de partir a mi próxima cita vuelvo a consultar el noticiero y me fijo en la portada de uno de los principales periódico de Wuhan . En su titular destaca en grande una frase que dijo ayer el presidente de China, Xi Jinping, durante su discurso por el Año Nuevo Lunar: "Es un gran momento histórico para la civilización china" . Debajo del titular había una foto enorme de siete médicos, con sus trajes de protección, observando a una paciente con tubos por todos lados que fue contagiada por el coronavirus. Sábado, 11.00 (4.00 en España) En la entrada del Hankou Hospital hay tres hombres que se han retirado la mascarilla para fumarse un cigarrillo. Es el cuarto hospital de Wuhan que visito esta semana. Y, como los otros, en este también hay caos y colapso . Hace días que los médicos están agotados. Lo han denunciado en las redes sociales mediante vídeos. Algo que no es habitual en China. El tema de saltarse la censura impuesta por el régimen, me refiero. Aunque, lo cierto, es que muchos de esos vídeos ya se borraron en la popular red social del país: Weibo. Pero antes, dieron el salto a Twitter. Hablo de imágenes en las que salen pacientes desplomándose en el suelo, perdiendo la paciencia en los hospitales e, incluso, de fallecidos en los pasillos tapados con sábanas. A la entrada del Hankou Hospital me hacen un control de temperatura con un termómetro digital. Doy 36º . Todo en orden. Lo primero que se ve es una larga cola de gente esperando. Muchos están nerviosos. Hay gritos y algún empujón. Un poco más adentro, en una de las salas, hay decenas de pacientes sentados con los sueros y las vías intravenosas puestas . Otra vez fuera, en la puerta, hablamos con un hombre que esta apoyado en una esquina. Dice que se llama Zheng y que ha acudido esta mañana para ver si estaba infectado porque se ha levantado con mucha tos. Aunque no tiene fiebre. También cuenta que tiene a dos familiares (una prima y un tío) ingresados en el centro desde hace una semana. Al lado de Zheng, otro hombre protesta porque le han dicho que tiene que hacer cola para ser atendido y asegura que a la mayoría de gente que aguarda en la fila no le pasa nada y que a él le deberían de colar. Sigo recopilando testimonios dentro del cetro. Esta vez, el bueno de Zheng, que habla más o menos inglés, se ha ofrecido a ayudarme con la traducción. Toca ir a por los pacientes. Pero eso irá en otra crónica más adelante. Sábado, 9.30 (2.30 en España) Hoy he salido del hotel con el estómago lleno. Sigo siendo la única persona alojada que hay. Uno se siente un poco como en El Resplandor si contamos que el hotel tiene más de 500 habitaciones, mucha luz, amplios pasillos... Bueno, a lo que iba es que esta mañana una de las cocineras me ha hecho un plato de tallarines muy ricos para desayunar. Y el recepcionista me ha dado cinco mascarillas más, además de tomarme la temperatura y comprobar que no tenía fiebre. "Hoy es un día triste" , me dice el chico. Las calles están prácticamente vacías. Los comercios, salvo algún local esporádicamente funcionando, están cerrados. Aunque tampoco es raro en esta fecha festiva. Hay empleados de la limpieza que están desinfectando las aceras. Y algunos pocos transeúntes dando un paseo con calma. Algunos, incluso, van vestidos con algo similar a un pijama. Salvo por los controles espontáneos de temperatura en medio de las calles, no se atisba ningún pánico. Ese espacio de histeria colectiva que uno puede creer desde la distancia que hay en Wuhan, únicamente se reserva para una zona muy concreta: dentro de los hospitales. Al mirar un Didi (la aplicación china similar al Uber) no me sale ninguno. Ni siquiera para pedir un taxi. Al intentarlo aparece continuamente un mensaje que dice que para"prevenir la propagación de la enfermedad, Didi ha suspendido todos sus servicios en la ciudad". Después añade que recuerde ponerme la mascarilla y que si siento algún síntoma de fiebre que acuda al hospital . Muy bien. Para ir con prisas porque apenas pasan taxis por la calle. Y los que hay están ocupados o no paran. Concretamente, pasan 50 minutos y una buena caminata hasta que un buen samaritano que conduce un taxi accede a llevarme a mi siguiente destino. Sábado, 00.30 ( 17.30 del viernes en España) Fuera, sigue lloviendo. Repaso el mensaje que me había llegado de Ariel Yuan en plena oscuridad. La de mi habitación de hotel donde se había ido la luz. La de la noche de Wuhan. La de los farolillos sin encender de la calle Hezuo Road. La de un Año Nuevo chino más apagado de lo normal. Al menos, de puertas para fuera. Porque, dentro de la anormalidad que vive estos días el epicentro del coronavirus aún sin un nombre fácil de digerir (técnicamente lo han llamado 2019-nCoV), Ariel ha hecho algo normal: cenar en familia para celebrar la festividad. "¿Cómo lo estás celebrando tú?", me preguntaba por WeChat -aplicación china similar al WhatsApp- después de mandar la imagen de dos bandejas de Dim sum caseros que ha preparado su madre. Después envía otra captura de una mesa alargada con 15 platos típicos: pato, langostinos, pollo con espárragos, vísceras, ensalada de remolacha, estofado, merluza... "Yo aquí... escribiendo. ¡Feliz Año Nuevo!", le respondí. Ariel vive en Shanghai , pero volvió a Wuhan antes de que esta ciudad se convirtiera en una urbe totalmente bloqueada. Después de hablar con ella, consulto las últimas actualizaciones de noticias para actualizar mi artículo: ya hay una decena de ciudades atrapadas en la provincia de Hubei. En total son 41 millones de personas atrapadas . Es como si en Europa pusieran a la vez en cuarentena a Bélgica, Holanda, Dinamarca, Estonia, Letonia, Lituania y Eslovenia. Todos los transportes están cerrados. Nadie puede entrar ni salir. Ni por tierra, mar o aire . Concretamente, durante toda esta última jornada, en las salidas de la ciudad alguno lo ha intentado por coche. Pero, salvo que se tenga el permiso certificado de algún funcionario de salud, la policía para a los conductores, los toma la temperatura con un termómetro digital y les hace dar media vuelta. También leo que en los medios chinos que las autoridades de Wuhan han empezado a construir en la periferia un hospital con 1.000 camas únicamente para infectados . Y que estará terminado el 3 de febrero. Si, tan sólo en 10 días. Les parecerá asombroso, pero cuando hubo la crisis del SARS en 2003 - el virus que comparte parentesco con el de Wuhan y que salió de de la provincia de Guangdong y se propagó por 37 países asiáticos dejando 774 muertos y más de 8.000 infectados- en Pekín se construyó un hospital, el de Xiaotangshan, en siete días. Dicen que este nuevo centro ocupará una superficie de 25.000 metros cuadrados y ya hay 400 médicos de Shanghai y de Guadong que se van a desplazar a Wuhan para ocupar las plazas. El propósito, a parte de tratar a los infectados, es buscar la fuente originaria del virus, es decir, al animal salvaje que se vendía en el mercado donde brotó. Por último repaso los datos de cómo la economía y el turismo de China se está tambaleando un poco estos días por el virus. Y en la capital, en Pekín, hasta se ha cerrado la Ciudad Prohibida. Vaya Año Nuevo más triste que se les viene encima a los pobres. Viernes, 02.00 (19.00 del jueves en España) Acabo de enviar al periódico las últimas fotos. No quiero volver a mirar el email ni el WhatsApp porque está lleno de mensajes de compañeros de televisiones y radios (tanto nacionales como latinoamericanas) que piden una colaboración desde el epicentro del virus . Especialmente, para las teles, un vídeo grabado explicando lo que pasa sobre el terrero. Y, a ser posible, que se vea el mercado de pescados y animales salvajes donde salió el brote. Lo que si que hago antes de acostarme es repasar las últimas actualizaciones de los datos e informaciones sobre el coronavirus de Wuhan: más infectados y muertos , ya ha llegado también hasta Vietnam y Singapur... Y contesto a mi madre, que me dice que a ver si la llamo mañana, que va a estar con mi abuela y que están muy preocupadas. Ya en la cama, miro por última vez el móvil. Y me entra una curiosidad: ¿funcionará el Tinder chino en una ciudad en cuarentena? Enciendo el TanTan, que así es como se llama aquí, y empiezo a echar un vistazo. Hay chicas bastante monas a poca distancia. Pero, de pronto, me llega un superlike de Simon. Un chaval cuya primera foto que me aparece es un selfie delante del espejo sin camiseta, enseñando abdominales. Buenas noches. Viernes, 08.30 (01.00 en España) Wuhan ha amanecido como se acostó: mojada y en cuarentena. La lluvia no cesa. En el hotel sigo estando yo solo. Ni un cliente más alojado . El día anterior ni siquiera había desayuno. Menos mal que tengo unas pocas de provisiones que me sobraron de ayer: una bolsa de almendras y bolas rellenas de pasas y una cosa rara más pegajosa y súper dulce que no sé que es. En cambio, nada más bajar a la recepción con la intención de salir y coger un taxi que me lleve hasta un hospital, me encuentro que una señora sale de la cocina y me dice que hoy sí que hay desayuno. Y encima gratis . Me saca un plato de tallarines duros con cebolla y baozi -pan relleno al vapor- de carne. El baozi está muy rico. Ah, y también funciona la máquina de café. Que buena forma de empezar el día. Viernes, 10.00 (3 en España) Después de un buen rato esperando a que la aplicación de Didi (similar al uber en España) me respondiera, al final aparece un taxi que me lleva a ver cómo está la situación en uno de los 12 hospitales de la ciudad donde están ingresados los pacientes contagiados. En este caso, quiero visitar uno de los más grandes, el Tongji Hospital. Al llegar, me equivoco de puerta y aparezco en el área de pediatría. Hay muchos niños con mascarillas en los pasillos . Algunos portan vías intravenosas. Y otros tantos están con sus padres haciendo cola para que un médico les haga una revisión y certifique si tienen el virus. Nada más entrar al centro médico uno se choca con una escena protagonizada por gente con mascarilla que deambula de un lado para otro, personas tumbadas en los asientos, otros con las vías puestas y los sanitarios que van engalanados con su traje anti infecciones. En la puerta hay un policía, con un brazalete con los símbolos del Partido Comunista, que pide que no haga ninguna foto. Ante la duda, insiste en que le enseñe las últimas imágenes que he hecho con mi móvil. Aunque lo bueno de no poder entenderte en ningún idioma con la persona que te está echando la bronca es que puedes hacerte el tonto, darte media vuelta e irte . Viernes, 12.30 (5.30 en España) No hay prácticamente nadie por las calles del centro de Wuhan. Apenas se ve a unos pocos trabajadores de la limpieza y algún operario. Hay . Por ello la gente prefiere quedarse en sus casas. Llevan así tres días. Y ayer, tras el cierre completo de la ciudad, todo se vació aún más. Menos mal que está el bueno de Chou paseándose con su moto y parando a cada viandante que ve para tomar la temperatura con su termómetro digital. Yo doy 36º. Chou se ríe y hace una señal de aprobación con el dedo, se sube a su moto y sigue con su ruta. Paseando por Jianhan Road, dentro del distrito comercial de Wuhan, uno se topa con infinidad de tiendas y comercios de todo tipo a ambos lados de la calle. Pero todos están cerrados. Los supermercados, algo más alejados, también. Sólo encuentro una tienda de fruta abierta llena de globos hasta que... Bingo. Un sito donde te venden una especie de sándwiches de atún, jamón york y maíz envueltos en una capa de queso caramelizado. Hacía día y medio que no veía algo más o menos sustancioso para comer. Y había que aprovechar la oportunidad: he comprado los suficientes sándwiches como para meterme al cuerpo las calorías que necesito al menos un par de días para aguantar la cuarentena . De vuelta al hotel para comerme el manjar en la habitación, me encuentro con la única tienda -por llamarlo de alguna forma- abierta que tiene algo no comestible. Es una carpa en medio de la calle que vende peluches de Hello Kitty. Cerca, hay varias estatuas de Mickey Mouse junto a un Pato Donald en patinete, al lado está Bugs Bunny tirado en un sillón fumándose un puro... Y una pareja de gigantes de metal besándose. Viernes, 14.00 (7.00 en España) Justo antes de mandar esta crónica, alguien llama a la puerta de la habitación 532 del céntrico hotel de Wuhan. Es el gerente. Hombre alto, corpulento y con una gran mascarilla quirúrgica azul que le cubre el rostro. Parlotea algo de inglés. Lo justo para explicar que viene a dos cosas: la primera, a tomarme la temperatura . Del bolsillo de la cazadora saca un termómetro digital blanco, me enfoca a la frente y... luz verde, justo 36º. Todo en orden, no hay que ir corriendo al hospital para que me digan si estoy o no infectado por el coronavirus después de pasar cuatro días en el epicentro de esta rara neumonía. Lo otro que quiere el gerente es entregarme una carta."¡Happy New Year!" , es lo primero que se ve debajo de mi nombre junto a un paréntesis que duda de si soy"Sir o Madam". No hay que olvidar que esta noche es la gran cena por el Año Nuevo Lunar. Una fiesta que este año se entona muy triste por el tema del virus."Lo siento", vuelve a decir el gerente antes de que empiece a leer la misiva. En un papel rosa pone que los empleados del hotel no pueden venir a trabajar porque, debido al nuevo coronavirus, la ciudad ha suspendido todos los transportes... "Debajo del todo está mi número de teléfono. Si por la noche te encuentras mal, tienes tos o te duele algo, me llamas corriendo", interrumpe el amable gerente."¡Happy New Year!", suelta de nuevo al despedirse. Hago el amago inconsciente de darle la mano como agradecimiento por su atención. Él me mira, se ríe, niega con la cabeza y se larga. Conforme a los criterios de The Trust Project Leer más: EL MUNDO

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