El costoso e inútil viaje de Julio César Turbay, según Gabriel García Márquez | ELESPECTADOR.COM

Fue presentado el libro sobre “Alternativa” y publicamos uno de sus capítulos: una crónica del nobel de literatura escrita para la revista. Dos años después, el escritor tuvo que exiliarse en México por la persecución del gobierno del Estatuto de Seguridad

2/16/2020

Fue presentado el libro sobre “Alternativa” y publicamos uno de sus capítulos: una crónica del nobel de literatura escrita para la revista. Dos años después, el escritor tuvo que exiliarse en México por la persecución del gobierno del Estatuto de Seguridad

Fue presentado el libro sobre “Alternativa” (Debate) y publicamos uno de sus capítulos: una crónica del nobel de literatura escrita para el número 217 de esa revista, en junio de 1979. Dos años después, el escritor tuvo que exiliarse en México por la persecución del gobierno del Estatuto de Seguridad.

Portada del libro (sello Debate) en la que se ve a Gabriel García Márquez con el periodista Enrique Santos Calderón en sus días de “Alternativa” y foto reciente de Enrique Santos Calderón, autor de la obra, en imagen tomada por Josefina Santos. / Cortesía Nadie ha podido averiguar en México qué vino a hacer el presidente Julio César Turbay. Dos días antes de su llegada, todavía los funcionarios de la cancillería mexicana estaban buscando temas para las conversaciones entre los dos presidentes y para llenar el tiempo que le iba a sobrar al de Colombia. La situación no solo era apremiante por falta de intereses concretos entre ambos países, sino porque México había recibido muy pocos días antes dos visitas de presidentes que habían sido espectaculares. La de Fidel Castro, a quien el propio presidente López Portillo calificó en el discurso de saludo como “uno de los hombres de este siglo”. Y la del presidente de Costa Rica, Rodrigo Carazo, quien le dio a México argumentos bastantes para romper relaciones con Nicaragua. Había que inventar algo para que la visita del tercer presidente en un mes no pareciera menos que las otras. Pero de todos modos lo pareció, a pesar de los recursos del turismo y el folclor, y de la vieja experiencia de los mexicanos para atender invitados con los cuales no saben qué hacer. ( Le puede interesar: El Espectador descubrió las cartas confidenciales del Nobel de Literatura colombiano ). A su llegada, el presidente Turbay se encontró con una alegre recepción infantil de 1.500 alumnas de uniforme, que cantaban en el aeropuerto canciones mexicanas, y una colombiana muy bien aprendida en su honor: la Guabina chiquinquireña . Esa tarde lo llevaron a conocer el museo de antropología, que es el mejor del mundo, y de paso le mostraron lo que pudieron de esta ciudad tremenda de 14 millones de habitantes, que está a punto de ser la más grande del mundo. Esa noche Turbay saludó uno por uno a los miembros del cuerpo diplomático en un salón de la cancillería, y luego pasó a otro salón donde el presidente López Portillo le ofreció la cena de rigor. Al día siguiente, viernes, fue muy temprano en helicóptero al complejo industrial de ciudad Sahagún, donde se producen vagones de ferrocarril y de metro, y se arman camiones, autobuses y automóviles. Allí lo recibieron con más canciones infantiles, y un niño le dio una banderita de México que el presidente Turbay tuvo en la mano, agitándola por todas partes, durante las dos horas y diez minutos que duró la visita. A las doce del día había vuelto a la capital, justo a tiempo para colocar la ofrenda de rutina en memoria de los héroes de la independencia. Se hicieron muchas fotos de todos estos actos, por supuesto, pero todas parecen la misma de siempre, porque en todas aparece el presidente Turbay junto a su ministro de la defensa, el general Camacho Leyva. Nada que decir A las 12:30 del viernes se inició lo que un periodista local, con un turbayismo involuntario, calificó al día siguiente como “los ciento veinte minutos pletóricos de detalles interesantes y profundo interés humano”. En el primero de esos minutos históricos, el presidente Turbay recibió las llaves de la ciudad del alcalde Hank González, mientras una orquesta típica tocaba y cantaba Cielito lindo . “Vaya usted a saber por qué escogieron esa pieza”, escribió un periodista. Pero el presidente Turbay, emocionado, declaró: “Todo en esta ciudad es muy querido para mí”. Ya en posesión de las llaves, fue llevado a conocer el metro, en la fragorosa estación del pleno centro, y en su hora más difícil. El presidente declaró: “Esto es lo que necesitamos en mi país”. Esa tarde tuvo rueda de prensa de 26 minutos en la que no dijo nada distinto de lo que ya ha dicho siempre en Colombia: que quienes violan los derechos humanos en su país son los subversivos, que el estado de sitio no lo inventó él, que el doctor Alfredo Vásquez Carrizosa fue canciller de un gobierno más represivo que el suyo, y que “si todos los ejércitos fueran como el de Colombia, la democracia no sufriría ningún peligro”. Esa misma noche, en el mismo hotel donde vivía, correspondió la cena que le había dado la noche anterior el presidente López Portillo. Al día siguiente, a las 10 de la mañana, y mientras un conjunto de mariachis tocaba Las golondrinas , voló a Lisboa en un Jumbo alquilado a Avianca por una suma que ninguno de sus asistentes quiso revelar a los periodistas. De aquellas 45 horas y media, que le habían costado a Colombia una fortuna, lo único que podría considerarse como un hecho rentable fueron las dos entrevistas privadas que el presidente Turbay sostuvo con el presidente López Portillo. La primera, el mismo jueves de su llegada, se prolongó por un poco más de una hora. La segunda, el viernes, antes del almuerzo. No más de tres horas en total. El contenido de esas conversaciones, como es natural, no se dio a conocer. Pero se conocen todos los temas, y se conoce además el comunicado conjunto. Lo que quedó en concreto de la visita fueron tres convenios preparados de antemano: uno sobre intercambio cultural y educativo, otro sobre cooperación turística y el tercero sobre cooperación científica y técnica. Ninguno de esos convenios requería el alquiler de un Jumbo, ni una comitiva tan cara, ni la movilización de un presidente tan pesado. Consciente de eso, el propio Turbay, con un recurso muy propio de la clase que manda en Colombia, se apresuró a ocultar la realidad con las palabras. “Con estos convenios —declaró— se han adelantado por lo menos 10 años a la tradicional vía diplomática”. Esto podría entenderse también como un tributo a la inutilidad de los embajadores. Pero no sería justo, aunque tal vez sea cierto. La verdad es más triste: después de esta visita inútil, que además ocasionó a los mexicanos una incomodidad que no les hacía ninguna falta, las relaciones entre los dos países, tradicionalmente lánguidas, no quedaron ni mejor ni peor. Nada que hacer En realidad, Colombia no tiene nada que venderle a México, salvo unas 200.000 toneladas de carbón coquizable, una gran parte de las cuales, como se sabe, no son nuestras sino de Anastasio Somoza. En cambio, México no puede vendernos petróleo de inmediato, porque todavía no lo tiene. Sin embargo, a partir del año entrante podrá vendernos un poco de los 180.000 barriles de crudo y los 50.000 de gasolina que Colombia consume todos los días. Entonces, como hasta ahora, la balanza comercial seguirá siendo favorable a México, que en 1978 exportó productos a Colombia por valor de 39 millones de dólares, en tanto que importó productos colombianos por valor de 5’279.000. Sobre las posibilidades de intercambio turístico, Turbay dijo: “Solo necesitamos organizarnos para alcanzar la tecnología de países como México”. El secretario de Turismo mexicano, arquitecto Guillermo Rossel de la Lama, le contestó en voz alta lo que quiere decir esa organización: México se propone construir en los próximos tres años 97.000 cuartos de hotel para turistas. En cuanto al intercambio de experiencias sobre la lucha contra la droga, no habría sido necesario que vinieran ni siquiera el procurador general de la República, que también vino, ni el ministro de la defensa. México se lo hubiera podido mandar a decir por correo. La prueba es que lo único que esos funcionarios hicieron en este renglón fue ver una serie de películas, algunas en colores y otras en blanco y negro, en las cuales se explica cómo es que las autoridades mexicanas adelantan la guerra contra la marihuana. Las proyecciones se hicieron en la sala de cine del hotel Camino Real, donde se alojaba la misión colombiana, y el propio presidente Turbay asistió a una de ellas. Es difícil imaginar un antecedente histórico en que tantos hayan hecho tanto por tan poca cosa. En cambio, el presidente Turbay se resistió a concederle a México lo único bueno que podría: la ruptura de relaciones con Nicaragua. Los mexicanos estuvieron esperando el anuncio como regalo sorpresa. El viernes en la tarde, en los pasillos de la cancillería circuló el rumor jubiloso de que Turbay haría el anuncio en la cena que ofrecía esa noche a López Portillo. Este, que es un hombre muy fino, había ido mucho más allá de donde debía en su primer discurso, convencido tal vez de que obtendría una respuesta favorable de Colombia. “¿Cómo cruzarse de brazos —preguntó López Portillo en su discurso— o cómo continuar cultivando relaciones normales con un gobierno que es responsable de un crimen de lesa humanidad ante el mundo civilizado?”. Turbay, con su capacidad casi infinita de hacerse el pendejo, se fue de México sin contestar la pregunta. Mucho que remendar Con todo, lo peor de esta visita no fue su inutilidad ni su precio enorme, sino la triste imagen de Colombia que el presidente Turbay va sembrando por el mundo. Precisamente cuando el propósito real de su viaje era remendar la mala imagen que ya tiene su gobierno en el mundo entero por la violación impertérrita de los derechos humanos. La verdad es que Turbay no tiene cara de nada, ni nada que lo ayude: ni su simpatía personal, ni sus discursos, ni su sastre. La impresión que dejó en México fue lamentable, con esas manos siempre enlazadas sobre el vientre como los obispos obscenos de Fernando Botero, con esos vestidos que parecen de un muerto más grande que él y esos corbatines de mariposa que fueron arrasados en México por el vendaval de la revolución, y sobre todo por esa oratoria de aceite de ricino que no desperdicia ninguna ocasión para quedar mal. Al presidente López Portillo, por pura manía retórica, Turbay le dijo una mentira: “Su nombre se pronuncia con cariño por todas partes en mi patria”. Al recibir las llaves de la ciudad, dijo: “Esto no es un permiso para transitar por las calles sino para penetrar en el alma misma de la capital mexicana”. A los colombianos nos ha costado mucho trabajo convencer a nuestros amigos de México de que ese estilo anacrónico y esas licencias cursis reflejan muy bien la edad histórica y mental de la clase dirigente colombiana, pero que no tienen nada que ver con la realidad del país. El contraste era mucho más rudo frente a un hombre como López Portillo, que ha sabido cultivar muy bien su elegancia natural, que es culto y directo, y tiene un santo horror por la oratoria de barricada. Desde el discurso de saludo, trató a Turbay sin convencionalismos. “Tendré el honor de hablar con usted, señor presidente”, le dijo. Y al final, como indicándole el camino del estilo que debía distinguir su visita, concluyó: “Está usted en casa de un hermano”. Aunque no parecía tener los ojos vendados, Turbay no vio el camino, y se descalabró con un discurso concebido en el castellano de los clérigos letrados del siglo XV. “Haber sido objeto de vuestra invitación para visitar México —dijo— es indudablemente un honor que compromete nuestra gratitud”. Más adelante, agregó: “Como vos lo habéis dicho, excelentísimo señor, son muchas las cosas que nos unen”. Y para coronar el saludo sin una sola inhibición, concluyó: “Agradezco muy sinceramente a vuestra excelencia la cordial bienvenida que nos ha dado esta nación, que está cosida a nuestro corazón con los propios hilos del afecto”. Esta frase de gloria sartorial confirmó la sospecha de que el problema más grave que tiene el presidente Turbay es que la misma persona que le hace los vestidos es la que le escribe los discursos. Cortesía Penguin Random House Grupo Editorial. 904749 Leer más: El Espectador

El mismo derroche del avión presidencial hoy, ocurrió durante el gobierno de Turbay. Y fué peor porque alquilaron el avión. Cada quien escribe lo que le proboca y como le proboca. Quien se pone la soga al cuelló.?

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